Prostitutas rumanas putas casa de campo

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También le cambiaron el nombre y se inventaron el resto de datos personales. La joven siguió siendo esclavizada durante una larga semana, hasta que la noche del 13 al 14 de diciembre de logró huir, ayudada por un taxista.

Al principio, la organización la dio por perdida. Tardaron varios meses, pero al fin la encontraron. El 10 de marzo de , la localizaron mientras paseaban en su vehículo por la Casa de Campo. Pararon de golpe junto a ella. Tudorache se bajó y le propinó una patada en la boca. También la golpearon con unos guantes de boxeo, le acercaron cigarrillos con sal a la boca y le rociaron el rostro con un espray que le provocó irritaciones en ojos, nariz y garganta.

Desde ese día, la chica fue incomunicada. Tudorache la despertaba de madrugada y la ponía a limpiar la casa mientras la golpeaba. Siete días después, entró por la puerta un rayo de luz. El 17 de marzo fue liberada por la Policía. Pero ese periodo no podía alargarse. Nuestro país, para aquella joven que había venido con ilusión infantil a comérselo, representaba el infierno.

De ahí que, poco después de ser acogida por la citada organización, la ya mayor de edad decidiera volver a su casa, donde se encuentra hoy supervisada por las autoridades rumanas. En Titania Compañía Editorial, S. Agradecemos de antemano a todos nuestros lectores su esfuerzo y su aportación.

Ballesteros Contacta al autor. Tiempo de lectura 9 min. Pinche para leer el díptico. Uno de los imputados, a su llegada a la Audiencia Provincial de Madrid. Respondiendo al comentario 1. Recuerda las normas de la comunidad. Por Fecha Mejor Valorados. Cada prostituta espera con su cliente mientras le acaricia los genitales.

Primero él, con prisas, y luego ella, bromeando con las compañeras que esperan su turno. Tina entra en la habitación y fumiga con su ambientador de rosas.

Otras no lo hacen", cuenta con orgullo Raquel, que es portuguesa, y que ahora tiene un buen motivo para estar recelosa: En un cuaderno de espiral va haciendo cruces cada vez que sale una pareja de un cuarto. Cada vez que entra una chica al piso, ella le entrega un montón de papel higiénico. Luces rojas para dar ambiente. Son muchachas muy jóvenes.

Lo ves, sabes que son muy jóvenes", asiente la dueña del piso. En la espera, las prostitutas, jovencísimas, y sus clientes se comportan como si fuesen novios. Van cogidos de la mano y se hacen cariños. De las habitaciones salen gemidos y las paredes vibran como si fueran de papel. Luego llama con los nudillos para meter prisa a una pareja que ya ha sobrepasado el límite de los 15 minutos.

Si viene alguien, le digo que estoy con unas amigas", justifica Mariana. Una estratagema para eludir la presión policial puesta en marcha por el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón.

Gallardón emprendió en marzo de la operación "contra la esclavitud sexual" en la calle de la Montera Centro , a la vez que anunció que extendería la medida a otros barrios de Madrid donde también se ejerce la prostitución, como la cercana calle del Desengaño, la Casa de Campo y el distrito de Villaverde. Para evitar problemas, las madames de la calle de Jardines han contratado a Lucho, un ecuatoriano alto y fuerte, para que haga de guardia de seguridad. Lucho lleva tres años en España y es un hombre de apariencia fiera.

Las mejores marcas a los mejores precios. Sobre la acera en la que se ofrece, la mujer ha pergeñado un humilde fuego en el que arden las astillas de un palé de madera roto. Desde un cielo nublado y naranja, industrial y descarnado, desciende, tenaz y cansada, una lluvia que todo lo empapa. La Venus de Milo del Sur de Madrid ha colocado sobre la hoguerita dos tablas de contrachapado que se sujetan una con la otra como un tejado y cubren su lumbre para que el agua y la noche no la apaguen.

Viste un tanga y unos tacones de charol blanco. El paraguas claro descansa sobre el hombro derecho y ella ladea sobre él la cabeza y suspende la mirada en el vacío, como esas chicas de los jardines de Renoir. Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella. Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi.

Siete de la tarde. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal.

Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante.

Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer.

Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras. Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular. Se calcula que chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato.

Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. Casi no se las ve. Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto. Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto.

Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo.

Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María.

La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho.

En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza. Pasó un par de meses sopesando la decisión. Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: También le cambiaron el nombre y se inventaron el resto de datos personales.

La joven siguió siendo esclavizada durante una larga semana, hasta que la noche del 13 al 14 de diciembre de logró huir, ayudada por un taxista. Al principio, la organización la dio por perdida. Tardaron varios meses, pero al fin la encontraron. El 10 de marzo de , la localizaron mientras paseaban en su vehículo por la Casa de Campo. Pararon de golpe junto a ella. Tudorache se bajó y le propinó una patada en la boca. También la golpearon con unos guantes de boxeo, le acercaron cigarrillos con sal a la boca y le rociaron el rostro con un espray que le provocó irritaciones en ojos, nariz y garganta.

Desde ese día, la chica fue incomunicada. Tudorache la despertaba de madrugada y la ponía a limpiar la casa mientras la golpeaba. Siete días después, entró por la puerta un rayo de luz. El 17 de marzo fue liberada por la Policía. Pero ese periodo no podía alargarse. Nuestro país, para aquella joven que había venido con ilusión infantil a comérselo, representaba el infierno.

De ahí que, poco después de ser acogida por la citada organización, la ya mayor de edad decidiera volver a su casa, donde se encuentra hoy supervisada por las autoridades rumanas. En Titania Compañía Editorial, S. Agradecemos de antemano a todos nuestros lectores su esfuerzo y su aportación.

Ballesteros Contacta al autor. Tiempo de lectura 9 min. Pinche para leer el díptico. Uno de los imputados, a su llegada a la Audiencia Provincial de Madrid. Respondiendo al comentario 1.

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